viernes, noviembre 27, 2009

Palabras invisibles

"Todo pensador
profundo tiene más miedo

a ser entendido que
a ser malentendido."

Nietzche

Deseaba que las palabras emanaran de mi piel, se comunicaran solas, pese a mí que no entiendo, por encima de mis cuestiones ideológicas, sin mi nombre, sin tus huellas. Hubiese liberado el alma del cuerpo para decir… (silencio). No lo sé ahora, como no lo supe entonces y quizás mañana tampoco. Quise que fuese lunes. Los lunes son días sencillos, de rutina. Son días de ojera que pasan sin mayor pena.

Silencio del que ve y no observa. Silencio por qué no comprendo. Silencio que pareciera tenerme sin mí. ¿Será que estuve sin estar? No mi mente, no mi alma, no nada de lo que yo conozco. Entonces estuve la yo que no conozco.

Me alcance en el tiempo y siendo consciente de mi cuerpo, de mi nombre, y aun peor mi insensata, caprichosa y enredada presencia, comprendí. Solo entonces supe que había transgredido aquella carta lacrada en cera, envuelta, etiquetada. Leía una carta que había sido escrita sin querer, a puño y letra con lágrimas entre los ojos, con manos que tiemblan.

Hay cosas que se escriben como expectorante, deseando no ser escritas, suplicando su intuición sin ser leídas. Tenía mi nombre. No me leas suplico la carta, llorando su incomprensión, necesitando un perdón por un crimen no cometido. Nunca quise ….. Se leía el primer renglón.

¿….? Era muy tarde. Lo adivinaba desde hace tanto. Era cómplice por leer la suerte. Y no podía parar ahora. Una carta inocente de toda culpa, no había culpables, ni herederos, no había antes ni después, pero el sueño le hablaba tan fuerte que le confundía la realidad al punto de un frenético desquicie.

La culpa del crimen convertido en yugo arrastraba todo aquello que pasa en los bordes de la vida. Culpa de lo que no será, de lo que nunca fue. Culpa sin causa, ni castigo. Culpa que se lleva como solapa de saco, como bandera, estandarte, guirnalda en la frente.

Quemé la carta y con ella el resto de sus líneas, de las historias que no sucedieron, del crimen que no se cometió, de las sonrisas que no evocaron, de los misterios que jamás engañarían el alma. Se desvanecieron las cenizas. Lo demás fue sencillo, como el curso del tiempo, como el vaivén de las olas y las noches de estrellas.

Tengo miedo de haber abierto un huequito al tiempo. Podría hacerle un nudito, coserle con cariño, cuidarle cada día, podría tantas cosas, pero que se hace cuando el gris invade. ¿Si te pinto un cielo azul podemos borrarle los rasguños al horizonte?

No hay comentarios.: