viernes, junio 11, 2010

Él

Aun estaba en cama, recién abría los ojos cuando paso su mano cerca de la nariz y le llego un aroma a él. Él sin nombre, sin cuerpo, sin gestos, un él que no se define en cuerpo, un ente abstracto masculino. El olor le obsesionaba un poco en la transición del sueño hacia el consciente. Parecía una invitación a otra parte, un mundo en otro plano. Fue el primer desfase, o ajuste, en realidad no lo sé bien.

Comprobó el mismo aroma en la otra mano. Estuvo largo rato absorbiendo aquel aroma y buscando en su memoria unirle a los recuerdos. Lentamente tomo forma un reflejo subconsciente de alguien que se ha visto (nótese la evasiva del verbo conocer) en el consciente. ¿Quién era él? ¿Qué hacía instalado en la memoria etérea destinada solo a aquello que trasciende? Finalmente una sonrisa que delata, una sonrisa que se anticipa y una paz que adivina, como si ayer el cuerpo y el alma se hubiesen desasociado. El alma le conoció y el cuerpo le guardo el aroma. El cuerpo le desconoce y aun así guarda evidencia. El alma le ha conocido y no le encuentra en la memoria presente.

Despierta la mente encuentra la desconexión del ser y guarda lo que no es posible descifrar ahora. El alma está inquieta. No le gustan las dudas. ¿Quién es él? ¿Por qué no tiene un expediente en el cual buscar su identidad?

Enfadada el alma abandona el cuerpo y vaga sin rumbo buscando respuestas. La mente por su parte domina al cuerpo con básicas operaciones algebraicas llenas de lógica pero carentes de esencia. Pero la compleja sintaxis del ser le reprocha la disociación. El cuerpo ha dañado su contexto más próximo sin pretenderlo, el alma ha extraviado el camino. El encuentro les sumerge hasta el delirio. Se produce el segundo desfase-ajuste.

Dominado el ser se va a la búsqueda de lo que no se sabe pero se presiente. Él deja de ser el recuerdo amorfo de un olor, para transfigurarse en un él para el consciente. Ella camina sobre todo lo que le es conocido, ya bastante extraño es dotar de cuerpo al impulso de una sonrisa. Ella se instala en casa, pinta paredes de color intenso, disfruta el arte, el viento, la música y todo lo literario. Al saberlo ahí con ella, lo olvida a él y se divierte de ser ella. Le observa como si se hubiese robado una pintura del museo y se tuviese en casa. Al saber que estará ahí por un tiempo permite observar lo demás con calma y voltear a verle cuando se quiera.

Él está ahí con ella. Es libre de irse y no lo hace. Ella no espera nada. Solo quería un registro para integrarlo a su recuerdo. Él la observa. Ella no es capaz de deducir su mirada, sus gestos, sigue extraño. Finalmente dejan ese espacio que la contiene a ella, y salen al mundo. La ciudad está cargada de historias y escenas. El puede desaparecer en cualquier instante, podría pertenecer a cualquier sitio y ella no tiene control allá afuera. ¿Y si se queda sola? Lo piensa un instante. No tiene miedo. Ahora el alma está tranquila no requiere de más nada, el podría seguir su paso y ella el suyo y quizás algún día al oler ese aroma por la calle evocaría un momento y sonreiría sin más. Como una complicidad con la vida.

Ahora que no espera nada, disfruta el aire que le envuelve y cae en cuenta que el sigue ahí. Inesperadamente le conoce. Ahora la mente le ha abierto hueco. En el abismo inmenso de la ciudad él ha encontrado el espacio en el que ella guarda solo lo importante. Él está hablando de ese mundo. La pregunta recurre y esta vez la estremece ¿Quién es él, que me sabe sin saberme, al que le sé casi sin conocerle? La mente escéptica le cierra paso, desconfía, le pone toda clase de trucos y artificios. El surfea tranquilo con una habilidad propia sólo de la experiencia.

Se han transcurrido los días, y esta sonrisa sigue viniendo de vez en cuando. Él sigue apareciendo. ¿Por qué sigue? La pregunta ha cambiado. El cuerpo desconfía de la sonrisa, pero el alma la exige. El cuerpo sigue su curso, pretende olvidarlo. Él parece más atraído a ese olvido y el alma exige un último desfase. Es entonces cuando se alcanzan, los desfases han retomado la unidad del ser en un único sentimiento emocional y lógico, él.

Surge el instante, él anuncia su partida, como si fuese ahora inocente de la derrota del escepticismo. El ser es uno ahora y grita en unísono. La mente asiste al alma, finalmente algo que conoce, él se va. La sonrisa se escurre hasta empapar su espacio. Es ahora el alma la que ha decidido abandonarle, se aísla donde no la encuentren y es la mente quien la haya y le instruye a esperar. Se crea la estrategia de instalarse en su memoria, de llenarle los recuerdos, se ha propuesto dibujarle una sonrisa amarilla y aun mejor se ha dibujado en perspectiva para que él la encuentre cuando no esté ella.

Le ha visto los ojos, gritando lo que no dice. Por tenerte, por querer quererte, he dejado todo lo que sentía. Lo escucho en el silencio que emite su cuerpo. Esta vez recorren el escenario de él, la lleva de la mano y el firmamento bañado de estrellas. La luna brilla sobre las flores amarillas. Ella lo sabe ahora, es él, él el niño del recuerdo, él el que viene, él el que va, él el que sigue, él el que es y será.

Ellos que contagian alegría, un abrazo eterno, lo que no se ha dicho, letras, canciones, lágrimas que escurren y una palabra: TRASCENDENTE.